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DW.- El verano que acaba de terminar en la Patagonia ha causado alarma por sus altas temperaturas, que llegaron a más de 30 grados. Aquí se encuentran los glaciares más grandes de Sudamérica, y los efectos del cambio climático se ven y se sienten.

Mucho más al norte, en la sierra de Mérida, en Venezuela, solo queda una mínima parte del glaciar del Pico Humboldt. Todas las demás masas de hielo desaparecieron, y el país será el primero de la región en quedar sin glaciares. En Bolivia, el Chacaltaya, que alguna vez tuvo la pista de esquí más alta del mundo, a 5400 metros, se extinguió en 2010.

Interesados en conocer las variaciones de masa de los glaciares, un equipo de glaciólogos encabezado por el alemán Matthias Braun, de la Universidad de Erlangen-Núremberg (FAU), junto con científicos sudamericanos, emprendieron una tarea inédita: calcular por primera vez, y con más detalle que nunca, el balance de masa de hielo de todas las áreas glaciares de América del Sur, desde las regiones tropicales de Venezuela hasta las subpolares de Tierra del Fuego. Esto es, cuánto ha perdido o ganado el glaciar en un período determinado, lo que es mucho más difícil de calcular que la extensión superficial.

Los métodos tradicionales de medición de masa presentaban una serie de obstáculos e imprecisiones, por lo que para este estudio se usaron  imágenes generadas por satélites de radar, registradas a partir de 2000 por la misión SRTM del transbordador espacial Endeavour de la NASA, que se compararon con las de dos satélites de radar TanDEM-X del Centro Aeroespacial Alemán (DLR), del período 2011-2015.

“Lo que medimos fue el cambio de elevación de la superficie. Nosotros no sabemos cuánto hielo hay, sino solamente cuánto cambió en el período analizado”, explica Braun a DW. Las mediciones por radar permiten calcular cuánto pierde el glaciar en la parte baja y cuánto gana en la parte alta, y el promedio de la diferencia del espesor de la superficie se expresa en centímetros.

El estudio, publicado en la prestigiosa revista Nature Climate Change, utiliza por primera vez el mismo sistema de medición para todos los glaciares de la región, lo que permite un más análisis consistente. Los hallazgos son reveladores del impacto del cambio climático.

La peor pérdida de masa ocurrió en los glaciares de mayor tamaño, que se ubican en la Patagonia. En Campos de Hielo Norte y Sur se perdieron 19.3 kilómetros cúbicos de hielo por año, lo que equivale a un adelgazamiento glaciar promedio anual de 85 centímetros. Esto es, el 83% de la pérdida de hielo de toda la Cordillera de los Andes.

“El aumento de las temperaturas es para preocuparse, pero no es el único factor. En los últimos años hubo un período de sequía en la Patagonia, y esa combinación de temperaturas altas con la falta de precipitaciones afectó a los glaciares”, explica Braun. También se suman otros factores, como ajustes dinámicos del glaciar, a medida que pierde hielo y busca acomodarse en una nueva posición estable.

Menos pérdida en glaciares tropicales

Un hallazgo que llamó la atención es que “en glaciares más pequeños, como los tropicales de montaña de Ecuador, Perú y Bolivia, el retroceso que se ha observado ha sido mucho menor de lo esperado”, afirma el glaciólogo boliviano Álvaro Soruco, quien participó en el estudio.

En diálogo con DW, el experto de la Universidad Mayor de San Andrés, en La Paz, observa, no obstante, que la técnica de radar puede tener algunos efectos de distorsión en las mediciones de pequeños glaciares de montaña.

Hielo fracturado en la pared frontal del glaciar Grey, Parque Torres del Paine, Chile.

Los pronósticos anteriores en glaciares monitorizados mostraban que los que están por debajo de 5400 metros de altura perdían 120 centímetros al año y las que están por sobre esa altura, 60 centímetros anuales. “El nuevo estudio demuestra que, en promedio, todos los glaciares, no solo los monitorizados, estarían perdiendo 40 centímetros al año”, dice el glaciólogo boliviano.

En Tierra del Fuego se registró una tendencia similar e incluso algunos glaciares muestran avances. También en los del sur de Bolivia, el norte de Chile y Argentina se observan pocos cambios de masa.

“Lo positivo es que los resultados no son tan malos en todos los lugares, como pensábamos. En Perú y Bolivia están un poco por debajo del pronóstico, pero igualmente los valores son para preocuparse”, indica Braun.

El futuro de los glaciares sudamericanos

“En Bolivia se estima que hay unos 250 km cuadrados de glaciares. Hemos visto desaparecer el 50% de lo que había en 1975”, lamenta Soruco. “Los que están por debajo de los 5400 metros de altura están condenados a desaparecer en las siguientes décadas. Creemos que los que se encuentran sobre esta altura van a seguir ahí en los próximos 100 años. Se van a reducir, pero no van a llegar a desaparecer”, adelanta el glaciólogo boliviano.

Proyecto de medición del glaciar Grey, realizado por investigadores de la Universidad Erlangen-Núremberg. (Archivo).

Su retroceso tiene serias consecuencias para comunidades cercanas, pues son fuentes de agua. “Durante los períodos secos, las personas en la región de los Andes centrales y en el altiplano se abastecen bastante de agua del deshielo de los glaciares”, subraya Braun.

Los glaciares son importantes indicadores del cambio climático. Factores como temperaturas, precipitaciones y la ocurrencia del fenómeno de El Niño determinarán el futuro de los hielos sudamericanos. En opinión del glaciólogo alemán, “en gran parte no podemos revertir esta situación, porque depende del aumento de la temperatura en este cambio del clima que ya iniciamos. La podemos reducir en parte, y eso depende de nuestras acciones, pero el proceso en general va a continuar”.

Este contenido se publicó originalmente en DW.COM y puedes ver esa nota haciendo click en el logo:



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Los efectos del cambio climático sobre los océanos son ampliamente conocidos, desde el calentamiento del agua hasta la subida de los niveles del mar, pero sin embargo hay un elemento aún más letal que a menudo pasa desapercibido: la falta de oxígeno que arrasa la vida marina.

Los océanos del planeta absorben el 30 % de las emisiones de dióxido de carbono que se lanzan a la atmósfera, lo que contribuye a la aparición de “zonas muertas” en el mar, en las que prácticamente no queda oxígeno y donde la fauna acuática no puede sobrevivir.

“En el año 2006, los pescadores veteranos de Oregón (EE.UU.) llamaban a la universidad preguntando por qué, por primera vez en décadas, estaban sacando del océano cangrejos ya muertos”, explicó el profesor del departamento de Biología Integrada de la Universidad Estatal de Oregón Francis Chan.

Chan, que participó en una conferencia sobre los retos del cambio climático y la sobrepesca en los océanos organizada por la Fundación Nacional de la Prensa de EE.UU. en Monterey (California), indicó que cuando acudió a la zona para investigar lo que ocurría, el hallazgo le sorprendió: los cangrejos morían por falta de oxígeno en el mar.

“Cuanto más se baja de profundidad en el océano, menos niveles de oxígeno se hallan, y eso es normal. Sin embargo, en 2006 hallamos niveles de oxígeno en la superficie que eran incluso más bajos de los del fondo marino”, apuntó.

Cuando el océano se calienta, la reacción química hace que disminuyan los niveles de oxígeno, y además se crea una capa casi impenetrable en la superficie que no permite la presencia de este elemento fundamental para la vida de los animales en los niveles inferiores.

“Es un gran problema que ya afecta a toda la costa oeste de EE.UU., donde hallamos zonas muertas sin presencia alguna de animales, y también en el resto del Pacífico y en el Atlántico. La zona más afectada es la costa este de Rusia y de Japón, así como la oeste de Alaska y Canadá”, indicó Chan.

El experto calificó la “desoxigenización” del mar o “hipoxia” de ser una amenaza global y aseguró que sólo hay dos maneras de luchar contra ella: reducir la emisión de dióxido de carbono o mejorar la capacidad de los organismos vivos para lidiar con esta nueva realidad, es decir, fomentar la adaptación.

Con el análisis de Chan coincidió el científico jefe del instituto de Investigación del Acuario de Monterey, Jim Barry, quien admitió que entre la comunidad científica existe el temor de que en un futuro no muy a largo plazo se produzca una extinción masiva de especies.

“Las extinciones masivas se han producido históricamente en momentos de grandes cambios climáticos, ya que es en esos momentos cuando las alternativas de los animales se convierten en sólo cuatro: migrar, algo que ya está ocurriendo; aclimatarse, adaptarse, o extinguirse”, apuntó.

El año pasado se batió el récord de registro de la temperatura más alta en los océanos del mundo, algo que ya había ocurrido tanto en 2017 como en 2016.

Estas altas temperaturas del agua están haciendo que desde hace algún tiempo, por ejemplo, se estén avistando en la Bahía de Monterey, en el norte de California, algunas especies como la langostilla que hace unos años se encontraban exclusivamente en el sur del estado.

La Bahía de Monterey está ubicada al final de un gran cañón marino, lo que la convierte en una zona con gran variedad de profundidades y con una inmensa diversidad ecológica, características que permiten, entre otras cosas, la llegada de ballenas a puntos muy cercanos a la costa.

Precisamente por el valor de su biodiversidad, la zona fue declarada santuario marino nacional en 1992 (el equivalente a un parque nacional) y hasta la fecha es la región más extensa que ostenta ese distintivo. 


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Un estudio internacional reveló que los océanos capturan de la atmósfera el 31 por ciento del dióxido de carbono generado por actividades del ser humano.

En la investigación, que abarcó de 1994 a 2007, los especialistas reportaron que esos cuerpos de agua capturaron 34 gigatoneladas de CO2 antropogénico emitido en ese periodo.

En el estudio participaron expertos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), quienes precisan en un comunicado que no todo el dióxido de carbono generado por combustibles fósiles se queda en la atmósfera y contribuye al calentamiento global.

Son los océanos y los ecosistemas terrestres, agregan, los que capturan cantidades considerables de esas emisiones de la atmósfera.

Fiz Fernández, especialista del Instituto de Investigaciones Marinas, de Vigo, y participante en el estudio, comentó que los océanos “funcionan como un gran sumidero de CO2”.

Comentó que el porcentaje de CO2 capturado por los océanos ha sido estable en comparación con los 200 años precedentes, pero la cantidad total ha aumentado sustancialmente.

Moderando el ritmo del calentamiento global, el sumidero oceánico “proporciona un importante servicio para la humanidad”, pero tiene su contrapartida: el CO2 disuelto en el océano acidifica el agua, lo que tiene graves consecuencias para muchos organismos marinos.

Los resultados del estudio se basan en un estudio global de ese contaminante y otras propiedades químicas y físicas en los diversos océanos, medidas desde la superficie hasta las profundidades de hasta seis kilómetros.

 


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La temperatura del Ártico sufrirá un aumento de entre 3 y 5 grados centígrados hasta 2050, una situación que “devastará” la región y elevará el nivel de los océanos en todo el mundo, según un informe presentado hoy por ONU Medio Ambiente en Nairobi.

“La idea es subrayar las relaciones entre el Ártico y sus conexiones globales, y lograr soluciones que puedan ayudar también al resto del mundo”, dijo Bjorn Alfthan, portavoz de la fundación noruega GRID-Arendal, coautora del texto, durante su presentación en el marco de la IV Asamblea de Medio Ambiente de la ONU (UNEA-4).

Bajo el título “Enlaces globales: Una mirada gráfica al cambio del Ártico”, el texto revela que el deshielo podría despertar al “gigante dormido” que supone esta región y causar más gases de efecto invernadero, así como un incremento en la acidificación y contaminación de los océanos.

La indagación, dividida en tres partes -cambio climático, polución y biodiversidad-, estuvo liderada por la investigadora Tina Schoolmeester, coordinadora de Asuntos Polares de GRID-Arendal, y se basa en un estudio del Consejo Ártico, pendiente todavía de publicación.

“Muchos de estos cambios que se producen en el Ártico son irreversibles y pueden afectar a su población y a la biodiversidad de la zona”, continuó Alfthan, quien definió al Ártico como “un sumidero para la contaminación global”.

El Ártico alberga a más de cuatro millones de habitantes, de los cuales aproximadamente el 10 % son indígenas y se dedican, en su mayoría, a labores como la minería, la pesca y la industria maderera.

Uno de los principales problemas a los que ahora se enfrenta la región es el deshielo del permafrost, terrenos que permanecen congelados durante más de dos años en altas latitudes, y que ahora se están rompiendo, lo que produce la liberación del carbón almacenado en estos suelos.

La contaminación de plásticos, que según ONU Medio Ambiente, “no entiende de fronteras”, también afecta al Ártico, ya que, según explicó Alfthan, es “un problema global”.

El investigador español de GRID-Arendal Joan Fabres dijo en una entrevista con Efe que esta fue una de las conclusiones que más le sorprendió del informe, el hecho de que “la polución por plástico afecta a cada rincón del planeta”.

“Lo que la gente debe entender es que ya no existen zonas vírgenes en el planeta, especialmente en lo referente a la contaminación de plásticos”, señaló este experto, especializado también en la acidificación de los océanos.

Fabres destacó los intereses geoestratégicos que está generando esta zona por países como China o Corea del Sur, ya sea por la explotación de recursos naturales o por el entendimiento del efecto que tiene sobre los problemas medioambientales en otras partes del planeta.

“Una aproximación apropiada a esta cuestión es la del Consejo Ártico, que propone programas de acción regionales, que se complementan con las iniciativas de cada país”, apuntó el investigador.

Se estima que desde 1979, el hielo marino del Ártico ha disminuido en un 40 % y, según expertos, si prosiguen las emisiones de CO2 actuales, los veranos del Ártico estarán libres de hielo antes de la década de 2030.

Creado en 1996, el Consejo Ártico es un foro intergubernamental que aborda asuntos que afectan a los países árticos y los pueblos indígenas de la zona.


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La contaminación seguirá provocando “millones de muertes prematuras” en el mundo hasta 2050, sobre todo en África, Asia y Oriente Medio, si no se acelera la protección del medioambiente, según el Informe Mundial de Medioambiente (GEO) de la ONU presentado hoy en Nairobi.

Actualmente, la contaminación del aire es la causa de entre 6 y 7 millones de muertes prematuras anuales, un fenómeno que está previsto que continúe y que mate cada año a entre 4,5 y 7 millones de personas hasta la mitad de este siglo.

Además, la resistencia a los antibióticos, provocada entre otras causas por los contaminantes vertidos en el agua, será en 2050 la primera causa de muerte en el mundo, según este informe de ONU Medioambiente realizado por 250 científicos y expertos de más de 70 países.

Los “disruptores endocrinos”, presentes en muchos productos químicos que afectan al sistema endocrino, también alterarán la fertilidad tanto de hombres como de mujeres y el desarrollo neurológico de los menores.

Esas son algunas de las conclusiones del sexto GEO, presentado en la IV Asamblea de Medio Ambiente de la ONU (UNEA-4) por la directora ejecutiva en funciones de ONU Medioambiente, Jocelyn Msuya, y el presidente de la Asamblea y ministro estonio de Medioambiente, Siim Kiisler.

En este documento se explica que tomar medidas para mitigar los efectos del cambio climático costaría a nivel global 22 billones de dólares, pero los beneficios en salud podrían revertir en unos beneficios de 54 billones de dólares.

Los expertos inciden en que el desarrollo de políticas conjuntas para combatir los efectos climáticos tienen más beneficios que las individuales y abordan varias problemáticas actuales como la falta de alimentación relacionada con el crecimiento de la población o la producción masiva de plástico.

La reducción del consumo de carne y del desperdicio alimentario en países desarrollados y menos desarrollados, explican, reducirá en un 50 % la necesidad de producir alimentos para los más de 9.000 millones de habitantes que se calcula que habrá en 2050.

En la actualidad, el 33 % de los alimentos van a la basura en los países desarrollados, según el informe, de ahí la necesidad de un cambio de modelo de desarrollo, porque de lo contrario no se conseguirán los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU ni en 2030 ni en 2050.

Los expertos recomiendan igualmente inversiones en planes de desarrollo de áreas rurales para reducir la migración a las ciudades, donde se prevé que viva más del 70 % de la población en 2050.

Unos 8 millones de toneladas de plástico se tiran hoy día a los océanos cada año, un hecho que ha llamado la atención mundial en los últimos años, pero aún no hay un acuerdo global que ayude a ponerle fin.

El documento recuerda que existen conocimientos científicos y tecnología, pero que es necesario avanzar hacia una senda de desarrollo más sostenible, que cuente con más inversiones públicas y empresariales y líderes que tejan nuevos modelos de producción y desarrollo sostenibles.

La publicación del sexto GEO, conocido en inglés como “General Environment Outlook”, coincide con la asistencia de ministros, autoridades y representantes de más de 193 países a la Asamblea, el foro mundial de más alto nivel en temas de medioambiente. 


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Los modelos sectoriales que estudian el cambio climático subestiman el efecto de los fenómenos climáticos extremos, según un estudio internacional firmado por medio centenar de científicos, que alertan de que los riesgos para la humanidad pueden ser mayores de lo que se cree hasta ahora.

Según el estudio, que publica la revista Nature Communications, la mayoría de los modelos sobre cambio climático usados para proyectar escenarios futuros subestiman la gravedad de los impactos en importantes sectores como la agricultura, la vegetación terrestre y la mortalidad humana causada por las olas de calor.

La investigadora del español Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC) de Barcelona Marta Coll explicó que el trabajo, en el que han participado 42 instituciones, analiza si los modelos actuales que evalúan el impacto climático por sectores son capaces de reflejar las consecuencias de las condiciones climáticas extremas.

Para ello, tomaron como caso de estudio la ola de calor y sequía ocurrida en Europa en 2003, el evento climático más extremo de los observados hasta ahora y que afectó de forma intensa al este y centro de Europa, cuando se registraron temperaturas anormalmente altas, especialmente durante junio y agosto.

En aquel verano, la temperatura media en Europa subió en 2ºC, llegando a ser 5ºC por encima de la media, en una ola de calor que vino acompañada de graves sequías y que causó la muerte de centenares de personas, la mayoría con patologías de base.

Los resultados muestran que los datos de impacto documentados de la ola de calor no necesariamente coinciden con los impactos que se obtienen en las proyecciones de los modelos sectoriales.

La mayoría de estos modelos sectoriales subestiman la gravedad de los impactos en sectores como la agricultura, la vegetación terrestre y la mortalidad humana, mientras que otros modelos sobreestiman los efectos sobre los recursos hídricos y la energía hidroeléctrica en algunas cuencas.

Según Coll, estos resultados se observan también en los ecosistemas marinos, ya que los datos y los modelos parecen coincidir en que el evento extremo de 2003 afectó los parámetros físicos del océano, pero la señal no se propagó a niveles tróficos superiores de forma inmediata porque el evento fue demasiado breve como para causar un cambio significativo en ellos.

Coll destacó que las diferencias entre lo observado y lo proyectado por los modelos tienen importantes implicaciones para las evaluaciones económicas basadas en estas proyecciones.

Significa también, según la investigadora, que los riesgos a los que se enfrentará la sociedad por futuros eventos climáticos extremos podrían ser mayores de lo que se había pensado hasta ahora.

Los investigadores avisan de que, aunque la ola de calor de 2003 fue un evento excepcional en el registro histórico, el aumento del calentamiento global puede hacer que episodios como este se vuelvan más frecuentes en el futuro.


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El uso de los recursos naturales se ha triplicado en el mundo desde 1970, una tendencia que sigue en alza y debe ser “crucial” en las políticas ambientales, según un Informe de Recursos Globales presentado hoy en Nairobi por ONU Medio Ambiente.

“En un mundo en el que todos estamos conectados, nuestras responsabilidades aumentan y el enfoque en los recursos es crucial”, explicó Janez Potocnik, portavoz del Panel Internacional de los Recursos, en el marco de la IV Asamblea de Medio Ambiente de la ONU (UNEA-4), que se celebra hasta el viernes en Nairobi.

Este grupo científico de expertos, auspiciado por el Programa de la ONU para el Medio Ambiente (PNUMA), también conocido como ONU Medio Ambiente, tiene como objetivo ayudar a las naciones a utilizar sus recursos naturales de una manera sostenible, sin comprometer el crecimiento económico y las necesidades humanas.

En la última mitad de siglo, la población mundial se ha duplicado -con previsión de llegar a los 9.300 millones de habitantes en 2050- y la extracción de materiales se ha triplicado, un proceso responsable del 90 por ciento de la pérdida de la biodiversidad y la generación de la mitad de los impactos climáticos, según el informe.

“Si no se tienen en cuenta los recursos, será muy difícil lograr los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS, de la ONU). Podemos hacerlo mejor, pero tenemos que emprender acciones pronto y de manera contundente”, señaló Bruno Oberle, autor del informe y académico en la Ecole Polytechnique Federale de Lausanne (EPFL) de Suiza.

Estas conclusiones se anunciaron a los medios como parte de UNEA-4, un evento que congrega a representantes de 193 países, incluidos jefes de Estado y ministros, para tratar temas como el plástico, los residuos, los químicos, la contaminación o el derecho medioambiental, entre otros muchos.

En el texto también se enfatizó que el modelo actual del uso de recursos supone un “impacto negativo en el medioambiente y la salud humana”.

Asimismo, en el informe se subraya cómo los beneficios económicos de la explotación de recursos se reparten de manera desigual entre países y regiones, elevando la desigualdad entre naciones ricas y otras en desarrollo.

Para Oberle, la clave está en buscar “soluciones inteligentes” e invertir e innovación y nuevas tecnologías, de manera que el crecimiento sea “más lento, pero superior”.

Este experto también propuso algunas alternativas para avanzar hacia este proceso, como aumentar los impuestos sobre los recursos naturales, de manera que estos se encarezcan, aplicar un impuesto sobre las emisiones de CO2, campañas que hagan referencia al comportamiento de los consumidores o que protejan el paisaje.

“Aquellos que toman las decisiones, tienen herramientas para actuar, como son la búsqueda de un uso eficiente de los recursos, la mitigación del calentamiento global, la protección de la diversidad y un cambio en la alimentación humana”, se señala en el texto.

En el informe se hace especial hincapié en la alimentación, ya que, según señalaron los expertos, una gran cantidad de comida termina cada año en la basura “mientras que personas mueren de hambre”, y animó a los ciudadanos a “optar por dietas basadas en las verduras”.

La Asamblea de la ONU para el Medioambiente es el máximo órgano de toma de decisiones sobre temas medioambientales en todo el mundo, y se reúne cada dos años para establecer las prioridades para políticas globales y desarrollar el derecho ambiental internacional.

UNEA se creó en 2012 durante la celebración de la Conferencia sobre Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas en Río de Janeiro (Brasil), más conocida como Río+20. 


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A orillas del Río Bravo, Luciano Guerra está de pie sobre una llanura de arbustos y árboles que pronto podría ser tierra de nadie. Es un día cálido de enero en el extremo sur de Texas, al otro lado del río se encuentra México. Hace meses que no llueve, la tierra está seca, el aire huele a quemado. No se ve un alma.

De vez en cuando pasa una mariposa revoloteando, pero hoy no son muchas debido al viento. “Toda la tierra que estamos viendo ahora quedará entre el muro fronterizo y el río”, dice Guerra.

Este hombre de 62 años trabaja para el Centro Nacional de Mariposas, una reserva natural privada en el pueblo de Mission que cubre 40 hectáreas a orillas del río y es el hábitat de cientos de especies de mariposas, búhos, colibríes, cardenales rojos, halcones y muchos otros animales.

El idilio de este lugar tan tranquilo se ve amenazado. A unos dos kilómetros de la orilla del río, el Gobierno del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, planea erigir una nueva valla fronteriza que, de ser construída, atravesaría el parque dividiéndolo en dos.

Los planes de Trump indican que el primer tramo de muro nuevo, de 53 kilómetros, comenzará a construirse en el Valle del Río Grande en Texas.

Poco antes de las elecciones al Congreso de noviembre pasado, el Gobierno de Trump adjudicó el contrato para la construcción de las barreras que pasarían por el parque de mariposas, las primeras vallas fronterizas nuevas bajo la presidencia del republicano.

Para construir el nuevo segmento de valla, el Departamento de Seguridad Nacional ha presentado consideraciones de seguridad nacional para anular varias leyes ambientales en el área, incluso una que protege a las especies en peligro de extinción.

En el parque de mariposas, la barrera se construirá sobre un dique. Según la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos, se trata de una pieza de hormigón sobre la que se instalarán bolardos de acero de cinco metros de altura. La barrera podría tener una altura total de diez metros,señalan responsables del centro.

Además, una sección de 45 metros a lo largo de la valla debe ser despejada de vegetación, ya que se instalarán en ella puestos de control para impedir actividad ilícita a través de la frontera, de acuerdo con una declaración de la agencia gubernamental.

Luciano Guerra y sus colegas temen que la nueva infraestructura tenga un impacto masivo en las aves y mariposas. “Muchos de los árboles son plantas hospedadoras de mariposas”, comenta Guerra.

El conservacionista está visiblemente frustrado. “Podríamos perder el 70 por ciento de nuestras tierras”, acota. Guerra es republicano, votó por Donald Trump en las elecciones de 2016 y está en contra de las fronteras abiertas. Pero él piensa que muros y vallas son la manera equivocada de asegurarlas.

Además, tampoco está de acuerdo con Trump cuando éste habla de una crisis en la frontera. “No es verdad. Aquí no hay ni peligro ni crisis”. Él mismo nunca se ha sentido amenazado en la zona. “Tenemos a niñas exploradoras acampando en estas tierras”, agrega. “Si fuera tan malo como él dice, yo no viviría aquí”. Mientras Guerra habla se escuchan los disparos desde un barco de guardias fronterizos.

La Oficina de Protección Fronteriza considera que el muro en esta área es necesario. Y los responsables del parque de mariposas no pueden hacer mucho para detener la construcción, ya que el Gobierno de Washington está legalmente autorizado a confiscar tierras de propiedad privada.

Las nuevas barreras también amenazan el acceso a una capilla histórica. Además, el Gobierno ya ha comenzado a enviar cartas a los propietarios de tierras anunciándoles una visita de inspección.

En Texas, la historia se repite. Hace una década, el gobierno comenzó a realizar inspecciones en fértiles granjas de caña de azúcar y algodón y comunicó a los propietarios la terminante noticia de que se necesitaban sus tierras para construir una valla fronteriza. Algunos aceptaron las ofertas, otros se resistieron. La consecuencia: una ola de demandas por derecho de expropiación.

Alrededor de 1.130 kilómetros de los 3.144 por los que comprende la frontera sur de los Estados Unidos con México ya están asegurados con cercas y otras barreras. Las primeras vallas fueron erigidas por la Guardia Fronteriza en la década de 1990 bajo el entonces presidente demócrata Bill Clinton. Sus sucesores, el republicano George W. Bush y el demócrata Barack Obama, continuaron ampliando las vallas.

Desde el parque de mariposas en Mission, a lo largo de la Antigua Carretera Militar hacia Brownsville en el sur, se pueden ver las barreras de acero que se extienden por kilómetros y kilómetros. No todo es una barrera continua. En una verdadera carrera de obstáculos, las vallas cruzan campos y prados, sobresalen entre caseríos y graneros y serpentean entre pequeños cementerios con coloridas flores de plástico en sus tumbas.

Hace una década, cuando George W. Bush hizo erigir las barreras bajo la Ley del Cerco Seguro de 2006, hubo 320 demandas de expropiación, comenta Terence Garrett, de la Universidad texana de Valle del Río Grande. El científico recuerda el caso de una profesora de la universidad en cuyo terreno las autoridades hicieron construir la valla mientras ella estaba en una conferencia.

Garrett cree que esta vez puede haber más resistencia a la construcción de las barreras. “La gente sabe lo que pasó la primera vez”, dice. “Son muy pocos los que están a favor del muro”.

A pocos kilómetros de su oficina, cerca de un área de estacionamiento, se erige un segmento de la valla de acero. Dos guardias fronterizos patrullan montados en bicicleta.

La dirección del parque de mariposas ya presentó una demanda contra el Gobierno en un tribunal de Washington en 2017. Los responsables de la reserva natural alegan que los funcionarios obtuvieron acceso ilegal a las tierras del parque y causaron estragos al inspeccionarlas. El juicio sigue su curso.

El parque publicó hace unos días fotos de una excavadora y un tractor en su página de Facebook. Un portavoz de la Guardia Fronteriza dijo que habían comenzado a retirar arbustos y que las obras de construcción comenzarían pronto.

El muro no significa necesariamente el fin del parque, explica Luciano Guerra. “Afortunadamente, tenemos doce hectáreas de tierra al norte del dique donde se encuentra la mayoría de nuestros jardines, pero nos quedaremos sin el resto de la tierra, que es más virgen y más natural”, lamenta. El conservacionista teme que algunas mariposas también sean afectadas. “La gente dice que las mariposas son capaces de volar sobre un muro. Pero no siempre es así. Algunas especies vuelan muy bajo”.


FuentesConfiables.comfebrero 26, 2019
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Un grupo de investigadores australianos ha conseguido convertir de forma eficiente el dióxido de carbono (CO2) de los gases de efecto invernadero en partículas sólidas de carbono para poder así eliminarlos de la atmósfera, reveló hoy un estudio publicado en la revista Nature Communications.

La investigación, liderada por la Universidad RMIT de Melbourne (Australia), ha desarrollado una nueva técnica que permite que la conversión se haga de forma completamente eficiente.

Para ello, los científicos han utilizado metales líquidos que permiten convertir el dióxido de carbono en carbón sólido, en lo que han considerado un avance de importancia mundial, porque elimina de manera segura y permanente los gases de efecto invernadero que contribuyen al calentamiento global.

Se diseñó un catalizador de metal líquido con propiedades específicas que lo hicieron extremadamente eficiente en la conducción de electricidad mientras se activaba químicamente la superficie.

Hasta ahora las tecnologías para captar y almacenar el carbono se centraban en comprimir el CO2 en una forma líquida, transportarlo a un sitio adecuado e inyectarlo bajo tierra, una técnica que se ha visto amenazada por la viabilidad económica y las preocupaciones ambientales sobre posibles fugas en los sitios de almacenamiento.

El investigador del RMIT, el doctor Torben Daeneke, afirmó que convertir el CO2 en un sólido puede ser un enfoque más sostenible al utilizado hasta ahora, ya que este gas solo se podía pasar a sólido a temperaturas extremadamente altas, lo que lo hace industrialmente inviable.

“Al utilizar metales líquidos como catalizador, demostramos que es posible convertir el gas en carbono a temperatura ambiente, en un proceso que es eficiente y escalable”, señaló Daeneke, que, aunque dijo que será necesario ampliar el conocimiento, se de trata de “un primer paso crucial para el almacenamiento sólido del carbono”. 


FuentesConfiables.comfebrero 25, 2019
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HLas ballenas azules que migran por el Océano Pacífico confían más en su memoria que en las señales ambientales oceánicas para encontrar presas y alimentarse, según un estudio publicado este lunes en la revista especializada Proceedings of the National Academy of Sciences.

Este depredador marino localiza a sus presas usando su “excepcional” memoria para encontrar los lugares “históricamente productivos, estables y de alta calidad” de producción de kril, de acuerdo a los investigadores de la Oficina Nacional de Océanos y Atmósfera (NOAA, en inglés) de EE.UU.

“Estos animales altamente inteligentes y longevos están tomando decisiones de movimiento en función de sus expectativas de dónde y cuándo estarán disponibles los alimentos durante sus migraciones”, argumentó la autora principal del análisis, Briana Abrahms.

Este concepto de seguimiento del tiempo de disponibilidad de los alimentos a lo largo de las rutas de migración “no es inusual para los animales terrestres, pero ha sido más difícil de identificar en las criaturas marinas”, apuntó Abrahms.

El estudio también plantea la cuestión de qué pasará con la población de ballenas azules si las condiciones climáticas hacen que los alimentos se desvíen de los lugares habituales.

El equipo utilizó 10 años de datos para determinar los movimientos diarios de 60 ballenas individuales en el ecosistema de California, y luego los comparó con las mediciones por satélite de la productividad del océano.

“Creemos que las ballenas azules han evolucionado para utilizar las rutas de migración históricas y el tiempo que las coloca cerca de las áreas de alimentación de producción y luego realizan ajustes menores según las condiciones locales”, agregó Daniel Palacios, del Instituto Marino del estado de Oregón y coautor del estudio.

Asimismo, los investigadores señalaron que “todavía hay muchas cosas que no se saben acerca de las ballenas azules, pero es evidente que tienen una gran fidelidad a ciertos sitios a lo largo de la costa oeste de Estados Unidos, que utilizan año tras año”.

Aproximadamente 2.500 de las 10.000 ballenas azules del mundo pasan varios meses en las aguas de la costa oeste de EE.UU. y pueden viajar desde el golfo de Alaska hasta una área cercana al ecuador, conocida como la cúpula de Costa Rica.


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